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Barcelona

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By Albert Serra

Barcelona es la ciudad en la que vivo y a la que debo la mitad exacta de mi formación, pero no la amo. Nunca he sentido nada por ella; como a una amante con la que sólo buscamos el placer egoísta, la utilizo. La usé hace tiempo, me fue útil, pero cuando me cansé de ella, cuando apareció otra, la tiré. Sigo viviendo en Barcelona por razones prácticas (porque mi padre tiene un apartamento allí y me deja viví en él), como un matrimonio que no se quiere pero no se separa por comodidad.

He amado con todo mi corazón Roma, la ciudad de mi vida, y después Nueva York; también Nápoles, sin haber estado nunca allí, significa mucho en mi vida. Son estas ciudades y, sobretodo, su imaginario de las que yo debería hablar en este artículo, y no Bacelona, ¿alguien puede realmente “amar” Barcelona?

Todo lo que sé de cine lo aprendí allí, pero no “de allí”. La pasión, el gran impulso, que surge siempre de la vida y que me obligó (por pereza, yo quería ser un gran escritor, pero no tuve fuerzas para ni siquiera intentarlo, aunque no pierdo la esperanza) a hacer cine, a hacer el cine que hago, que me “escogió” a mi para ser su representante, esta pasión digo, surgió de mi pueblo natal, Banyoles, en el noreste de Catalunya, a cincuenta quilómetros de la frontera con Francia. En este caso es al revés, a pesar de que yo soy el representante de este pequeño pueblo (todos mis actores, técnicos, socios, etc., son de allí; es decir, prácticamente toda la gente que trabaja conmigo), que yo manipulo a mi antojo, no me engaño, es a la inversa. Yo soy el amante ultrajado i humillado constantemente que no puede dejar a esta querida femme fatale. Me ofende, cada día más, ahora ya es muy fea, ha envejecido, se construyen pisos horribles (que durarán para siempre!), viene gente de fuera igualmente horrible que no conozco a ocupar estos pisos, la gente joven que viene detrás de mi generación es muy ignorante, no conoce nada y tiene muy mal gusto; y toda la gente que yo amaba, todas los personajes pintorescos, inolvidables, casi legendarios, se están muriendo o han muerto ya. Yo tengo ya treinta un años, y pronto no quedará nada de la poesía que me ha formado, del imaginario increíble, muy cercano sino idéntico al imaginario que inspiró a Dalí, o a Josep Pla. Pero sigo enamorado. Y cuando hago algo, en verdad sólo me importa lo que pensará de ello la gente de mi pueblo, cuya opinión me provoca siempre una ligera ansiedad.

La otra mitad de mi formación, la cultural, no la genética, la encontré en Barcelona. Vivo allí des de los diecisiete años i jamás he sentido la más mínima fascinación por esta ciudad. Pero en ella encontré algo que no hubiera podido encontrar en ninguna otra parte: el Dictionnaire du cinéma de Jacques Lourcelles, Le Cinéma selon Melville, el Nouvelle Vague de Jean Douchet o los tres volúmenes en edición de bolsillo de Godard par Godard. Los libros de Robin Wood, James Agee o Many Farber ya los compré mas tarde por Internet. Allí también compré las conversaciones de Jean Duflot con Pasolini (el segundo libro de cine que leí en mi vida, i el primero que compré en Barcelona; antes sólo había leído una monografía sobre Bergman) i muchos libros sobre Buñuel, pero esto fue antes de instalarme allí a los diecisiete años.

En mi vida he visto mucho cine (después de estar un año viajando por festivales puedo afirmar tranquilamente que no he conocido a ningún director de mi generación que haya visto más que yo –aunque sí, por supuesto, algunos críticos-). Pero mi gran influencia en mi forma de hacer cine fueron (aparte de la gente de mi pueblo) los libros de los grandes críticos, los más personales y arbitrarios, como le gustaría a Baudelaire (y en este campo sí que puedo afirmar que no he conocido a ningún director que tuviera el más mínimo conocimiento sobre estos temas –aunque ninguno tenía la personalidad de un Paradjanov, quien afirmaba no haber leído un libro en su vida, porque consideraba que los libros eran una influencia nociva para un cineasta, pues tenia que crear imágenes sólo desde su cabeza-).

Así se entiende que mi gran deseo secreto sea todavía, quizás más fuerte que nunca, dejar Barcelona i instalarme en Roma, en la plaza Minerva, como el protagonista de Extinción de Thomas Bernhard, para dedicarme a mi primera pasión, la literatura. Y a lo mejor, también a partir de ella puedo salvar otra vez el cine, pues como dice Sokurov, “sólo los que amen la literatura por encima del cine podrán salvarlo de su destrucción”.

Published in Ekran, 2007, April/May

Written by Nika Bohinc

March 16, 2007 at 1:32 pm

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